El Renacimiento.
Síntesis de la Tradición Occidental
y Eclosión del Hermetismo
Francisco Ariza
LOS MITOS FUNDADORES DEL RENACIMIENTO
Queda claro entonces que la palabra renovación, renovar, en boca de los hombres del Renacimiento, no significa ni mucho menos romper con la Tradición, sino justamente lo contrario: hacerla renacer, renovarla, actualizarla, y esto no podía hacerse sin acudir a los padres fundadores de la cultura occidental. Los primeros humanistas, Petrarca, Boccaccio, Salutati y Bruni son los iniciadores de ese camino. A este respecto, y después de todo lo dicho hasta aquí, pensamos que una de las claves para entender el Renacimiento es que hay que verlo integrado no sólo dentro del ciclo de la civilización cristiana, sino también en otro mucho más amplio: el de la civilización occidental, que comienza aproximadamente en el siglo VI a.C., momento en que nace la Filosofía y el pensamiento que ella promueve. Por eso mismo cuando desaparece la civilización medieval, el hombre del Renacimiento acude a su pasado glorioso para encontrar esa necesaria “guía intelectual” que le orientara en su nuevo destino y dirigiera esos enormes anhelos de renovación, renovación que también incluía la manera de abordar el conocimiento de la propia tradición cristiana, que para el hombre del Renacimiento se ve enriquecida por los vínculos que de repente “descubre” con el neoplatonismo, los misterios órficos, los Oráculos Caldeos y el Corpus Hermeticum.
Por eso mismo, entre los que acabaron por gestar el Renacimiento (Nicolás de Cusa, Gemisto Pletón, Marsilio Ficino, Juan Besarión, Angelo Policiano, Cosme y Lorenzo de Médicis, Pico de la Mirándola, entre tantos otros), nunca se habló de ruptura con las tradiciones anteriores, sino más bien de un renacer de las mismas encarnadas en el alma de sus mejores hombres, es decir de aquellos que estaban en sintonía con una Tradición viva y unánime, capaces de entender desde su lectura esotérica y metafísica de la realidad los efluvios emanados por la Inteligencia Universal, rectora celeste del destino humano, plasmándolos en la cultura y la civilización que crearon: el Renacimiento.71
En consecuencia, el Renacimiento representó un fenómeno grandioso de regeneración y de reforma espiritual, donde el retorno a los antiguos significó una revivificación de los orígenes, un retorno a los principios, es decir, un retorno a lo auténtico. En este espíritu hay que entender la imitación a los antiguos, que se manifiesta como el estímulo más eficaz para reencontrarse, recrearse y regenerarse a sí mismo.72
En este mismo sentido la historiadora Frances Yates (Giordano Bruno y la Tradición Hermética, cap. I) afirma que para el hombre renacentista la historia humana:
no era considerada como una evolución desde primitivos orígenes animales hacia formas cada vez más complejas y adelantadas. Por el contrario el pasado siempre fue mejor que el presente y el progreso significaba retorno, renacimiento de la antigüedad. El humanista, mientras iba recuperando la literatura y los monumentos de la antigüedad clásica, tenía la sensación de estar volviendo a una auténtica y áurea civilización, sin lugar a dudas infinitamente superior a la suya propia. El reformador religioso volvía a estudiar las Escrituras y los antiguos Padres con la sensación de estar recuperando el genuino tesoro del Evangelio que había sido paulatinamente sepultado bajo sucesivas degeneraciones.
Precisamente, Federico González, hablando de esto mismo, amplía lo dicho por la historiadora inglesa, y además nos ilustra sobre el “clima” intelectual en el que estaban insertados los protagonistas del Renacimiento, para los cuales éste no representaba otra cosa que la posibilidad de realizar en su tiempo las ideas de la Utopía, concebida como “un espacio distinto, un mundo invisible situado en el eterno presente”. Por eso es que esas ideas nos impulsan hacia un futuro, donde éstas puedan llegar a actualizarse, es decir, como algo a conseguir,
o hacia el pasado: una edad feliz, el paraíso terrenal, la Tradición. En este último caso apoyada por razones que van de lo biológico a lo histórico y que la memoria atestigua. El mito del Origen, que es vertical, es decir que existe permanentemente y en simultaneidad, debe ser trasladado al pasado para ser comprendido en la sucesión. Igualmente el deseo y la voluntad de integrarse a él se proyectan en un futuro posible.73
Es evidente, pues, que la renovación de que estamos hablando se hizo de acuerdo con los principios de la Tradición Unánime, pero conjugados, eso sí, con las ideas que el nuevo ciclo traía consigo, lo cual se reflejaría en los modos y formas de expresión que fueron las propias del Renacimiento. Pues, en efecto, el Renacimiento fue el logro de una síntesis –auspiciada por el Dios Hermes– entre todas las tradiciones y corrientes de pensamiento que conformaban Occidente desde sus orígenes, unos orígenes que además de históricos son también legendarios y míticos; o dicho de otra manera, el hombre renacentista estaba en la certeza de que los fundadores de la cultura occidental vivieron todos simultáneamente, en un mismo tiempo, que se convierte en mítico precisamente por esa condición de “fundadores”, de “iniciadores” y de “constituyentes”, y que prohijaron una estirpe espiritual (profetas, reyes, guerreros, filósofos, artesanos y artistas), que atravesará los siglos portando en su núcleo más íntimo la Sabiduría o Tradición Perenne (la Prisca Theologia en el lenguaje usado por los renacentistas) y los medios (símbolos y ritos) para revelarla. De ahí la permanencia de un “hilo de oro” o “cadena secreta” que se ocultaba detrás de las apariencias formales, y que sólo era conocida por aquellos capaces de ir más allá de dichas apariencias. Bajo esta perspectiva, Thot-Hermes Trismegisto era contemporáneo de Moisés, de Zoroastro y de Orfeo, cuatro entidades espirituales que representan otras tantas tradiciones (egipcia, judía, griega arcaica y caldeo-babilónica), que son, en efecto, las fundadoras míticas de lo que es Occidente, y cuyas enseñanzas confluirían en Pitágoras y Platón, y que el Cristianismo posteriormente recibirá simultáneamente a su propia revelación evangélica.
Por eso mismo no importa, o en cualquier caso es una cuestión completamente secundaria desde el punto de vista de un pensamiento mítico, que exista en todo ello un evidente anacronismo, y que se pensara que el Corpus Hermeticum fue escrito directamente por Hermes Trismegisto en época indeterminada muy anterior a la era cristiana, cuando en realidad son textos elaborados por los hermetistas y neoplatónicos que vivieron en la Alejandría en siglo I y II d.C. y que hicieron una síntesis entre las enseñanzas platónicas, pitagóricas, egipcias, judeocristianas y gnósticas. Asimismo, que los Oráculos Caldeos fueran escritos por Zoroastro (que entre los persas herederos de Caldea y Babilonia representa la misma entidad intelectual que Hermes Trismegisto entre los hermetistas greco-egipcios), cuando probablemente su autor es Juliano el Teúrgo (siglo II d.C.).
No importan en efecto esos “errores” de apreciación cronológica y de autoría, pues de lo que aquí se trata es de “filiaciones espirituales”, o sea que los autores “reales” de esas obras participaban de una corriente de pensamiento que tenía su origen mítico en Hermes Trismegisto, Zoroastro, Moisés y Orfeo. A saber: la “cadena áurea vertical” reflejada en el linaje humano, en este caso el del hombre occidental, que vuelve así a las fuentes originales de su cultura. En el prólogo al Poimandrés (uno de los libros del Corpus Hermeticum) Ficino habla de esa genealogía mítica y espiritual en los siguientes términos:
En la época en que nació Moisés, florecía Atlas el astrólogo, hermano del físico Prometeo y tío materno de Mercurio el Viejo, cuyo sobrino fue Mercurio Trismegisto (…) [A éste] se le conoce como el primer autor de teología; su sucesor fue Orfeo, segundo entre los teólogos de la antigüedad. Aglaofemo, quien había sido iniciado por Orfeo, tuvo como sucesor a Pitágoras en el cultivo de la teología, de quien fue discípulo Filolao, maestro de nuestro divino Platón. Es decir, existe una antigua teología (prisca theologia) […] que tiene su origen en Mercurio y culmina con el divino Platón.74
Además, una cosa importante habría que destacar para comprender lo que intentamos explicar: que el conjunto de los libros herméticos (los Hermetica) escritos en esos primeros siglos en Alejandría son en realidad, y como señala René Guénon, una “readaptación” de los antiguos libros atribuidos a los distintos Hermes que se han manifestado históricamente,75 desde “Mercurio el Viejo” (el Hermes antediluviano, emparentado con Atlas, es decir con la gran tradición atlante) hasta “Mercurio Trismegisto”, culminando en Platón, es decir en Grecia como heredera también de la sabiduría egipcia. En este sentido, el “error de datación” no lo fue tanto en el fondo, pues si los Hermetica son efectivamente readaptaciones de la antigua enseñanza revelada por Hermes en sus diferentes períodos históricos, en ellos está por consiguiente la misma energía intelectual, la misma sabiduría imperecedera, que se actualiza contemporáneamente gracias a la intervención de esta deidad, civilizadora por excelencia. Si en Alejandría esa readaptación consistió principalmente en la incorporación, junto a la herencia egipcia, de la tradición judeo-cristiana, la pitagórico-platónica y otros elementos de la cosmogonía caldea, y las diferentes gnosis que allí se dieron cita, en Florencia se incorporó también la Cábala Cristiana gracias principalmente a la labor de Pico de la Mirándola.
De repente, ante esos hombres, que observan asombrados todo ese enorme caudal de antigua sabiduría, cristaliza la síntesis de la Tradición Occidental como expresión de la Tradición Universal. En efecto:
Por eso el Renacimiento veneró estos textos y practicó su filosofía; pues la Belleza, la Inteligencia y la Sabiduría en ellos contenida es un mensaje repetido de una u otra manera por todas las gnosis ya que deriva de una Tradición Unánime, polar, es decir, vertical, a la que el hombre puede tener acceso según lo indican estos mismos textos. La adecuación de la sociedad renacentista a los Hermetica marcó el esplendor histórico de ellos, junto con las enseñanzas pitagórica, platónica, neoplatónica, cabalista y cristiana, con las cuales coinciden en numerosísimos puntos.76
En Las Leyes Gemisto Pletón también alude a esa genealogía refiriéndose más bien a Zoroastro que a Hermes Trismegisto como el “hombre más antiguo”. Sus palabras también aluden a la existencia de una Tradición Unánime:
Estas son las doctrinas que sostienen los sabios de la escuela de Pitágoras y, especialmente, de Platón. Las mismas sostienen los intérpretes de los otros pueblos y, en especial, aquellos antepasados nuestros que recibieron y transmitieron de manera adecuada la religiosidad que predicaban los Curetes. Estas creen también Zoroastro y sus seguidores. A él remontamos el origen de estas doctrinas como el hombre más antiguo de los que se tenga memoria, aunque pensamos que no comienzan con él, pues creemos que doctrinas verdaderas son eternas como el universo y, aunque a veces las siguen más individuos, otras, menos, existen entre los hombres, aquellos que actúan bien y bellamente a partir de las nociones comunes infundidas por los dioses en nuestras almas.
El Renacimiento recibe todo este conjunto de enseñanzas a través de estos textos sapienciales emanados del Dios Hermes Trismegisto (o sea del “Tres Veces Grande” por su sabiduría), que es nuevamente convocado por el hombre de Occidente en un momento crítico de su devenir histórico. En un tiempo donde todo se vive como simultáneo –y así es en efecto como los protagonistas que hicieron el Renacimiento asumieron ese tiempo fundacional–, la realidad que se ve no es “histórica”, sino que ella se actualiza y regenera coetáneamente al estar enteramente “iluminada” por los valores y los principios más altos, por los arquetipos de todas las cosas revelados en nuestra alma, dando así sentido a la existencia humana.77 Lo realmente importante entonces es que el influjo espiritual emanado de los fundadores míticos dotó a los hombres renacentistas que así lo experimentaron de una energía lo suficientemente poderosa como para impulsar la rueda de un nuevo ciclo, que para ellos prefiguraba un futuro de plenitud espiritual como lo había sido el pasado áureo de los orígenes. Tengamos en cuenta además que todas las épocas que comienzan, aunque estén dentro de un ciclo civilizador mayor –como es el caso– tienen necesariamente sus mitos (dioses) creadores y fundacionales. El Renacimiento también los tuvo, recuperados de las antiguas tradiciones de Occidente, lo que permitió que el hombre no perdiera el vínculo con su Origen vertical y metafísico, vínculo indispensable para la continuidad de su papel de intermediario entre los planos más altos de la Creación –gobernados por la Mente divina y los poderes angélicos– y los más inferiores. No debe entonces sorprendernos el apelativo de magnum miraculum y la alta dignidad dispensada al ser humano por los maestros del Renacimiento.78
Por otro lado, y volviendo nuevamente al “error” cronológico o de datación, debemos decir que éste fue en realidad un “equívoco fecundo”. Así lo piensa también Françoise Bonardel, que en su libro L’Hermétisme expone las razones de tal aserto coincidiendo con algunas de nuestras apreciaciones anteriores, al mismo tiempo que nos indica las “motivaciones ocultas” que favorecieron la aparición de ciertos acontecimientos importantes ocurridos durante el Renacimiento:
¿Es entonces importante plantearse la cuestión del ‘error radical de la datación’ sobre la cual está fundado un tal Renacimiento? Error destinado, precisa F. Yates, a ‘tener sorprendentes resultados’. Todas las obras atribuidas a Hermes han sido en efecto redactadas alrededor del siglo II d.C., y son muy posteriores a esas obras filosóficas griegas de la época helenística en las que se deplora la impotencia para dar respuesta a las aspiraciones del tiempo. Un escenario comparable se actualiza nuevamente en el momento en que M. Ficino traduce los escritos de Hermes; y en la medida en que una configuración semejante resurge en el siglo XIX, nos lleva a ver en ello inevitablemente una constante significativa.79 Se retorna así, anota F. Yates, ‘al subsuelo pagano del cristianismo primitivo, a esta religión del cosmos fuertemente teñida de influencias mágicas y orientales que fue la versión gnóstica de la filosofía griega’.
Hermes es una persona real, un sacerdote egipcio autor de antiquísimas y numerosas obras religiosas y ‘mágicas’; y es de esta sabiduría que los griegos consideran que han bebido.
Todo esto, ¿no demuestra el destino singular del Hermetismo, que si verdaderamente ha unificado y se ha constituido en un elemento fundador desde los tiempos más arcaicos sin duda alguna lo ha sido en y por el deseo que han tenido y tienen periódicamente los hombres, ávidos de otro saber? Constante que probaría también la posible verdad salvadora del mito y sobre todo, en ciertas circunstancias, de la urgencia del recurso al mito.
Y más aún, habría que preguntarse cómo un deseo de sabiduría y de conocimiento integral (Gnosis), en ciertos períodos de la historia, recurre a una evidente confusión histórica, fecunda un error para concebir otra verdad. Esto no quiere decir ni mucho menos que a lo largo de su ‘historia’ el Hermetismo no haya sido otra cosa que un tejido de errores. Que el carácter compuesto de la revelación hermética y la superposición de los diversos Hermes favorecieron este tipo de equívocos es un hecho; sin embargo, se puede y se debe preguntar si el papel del Hermetismo no ha sido siempre, en la historia de las ideas, el de generar una transfiguración del sentido allí donde estaríamos tentados de no ver otra cosa que la desfiguración de una verdad; ciertamente el Hermetismo siempre ha tenido el cometido, muchas veces oculto, de reemplazar determinados sistemas culturales en decadencia, pero no para imponer la única compensación del mito, sino para reorientar de otro modo el saber.80
En el momento mismo en que el progreso de las “Luces” comienzan a sentirse en Occidente, cuando se inicia una ruptura decisiva entre saber y creer, el Hermetismo aparece como la tentativa lúcida de una reconciliación, de un abrazo y de una regeneración que encuentra su mejor traducción en la concepción alquímica de un Ars Magna más que en la simple totalización enciclopédica de los conocimientos. Una vez más Hermes es llamado para reunir saber científico y Gnosis, fe pagana y cristiana, antigüedad y modernidad.81
No tenemos la menor duda de que el Dios Hermes, y la tradición que lo encarna, acuden siempre en ayuda del hombre inmerso en la encrucijada existencial, ya sea esa encrucijada personal o colectiva –histórica–, lo que demuestra además el carácter cíclico y periódico de su revelación sapiencial, o sea que forma parte de la propia naturaleza del Hermetismo crear las condiciones intelectuales necesarias para el renacer de la Ciencia Sagrada, adecuándola a las circunstancias históricas y geográficas del momento. Es por eso que se habla de la aparición de diferentes Hermes a lo largo del tiempo y siempre en relación con la difusión de la Enseñanza.82 Evidentemente se trata de señalar que su energía espiritual es imperecedera, y que ella interviene como un factor civilizador en la medida que revela las estructuras de la Cosmogonía Perenne. (Continuará).
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Notas
71 Todo lo contrario ocurre con los que prohijaron el nacimiento de la Edad Moderna (sobre todo los filósofos, y no tanto los hombres de ciencia precursores de la “revolución científica”, casi todos ellos vinculados todavía con la tradición pitagórica y platónica), quienes como veremos en su momento ponen el énfasis en la palabra “nuevo” en contraposición (y no como una conciliación) con lo antiguo, que para ellos es sinónimo de viejo y caduco.
72 Historia del Pensamiento Filosófico y Científico, tomo II, pág. 37. Por otro lado, nosotros nos preguntamos: esa “reforma espiritual” ¿no es acaso para uno mismo también un verdadero estímulo y un modelo para comenzar ese retorno a lo auténtico, a esa recreación que es en definitiva el camino del Conocimiento? En este sentido, podemos afirmar que todo renacimiento es un estado del espíritu que traduce la cualidad regeneradora del ser del tiempo, el cual también se plasma en la historia de las civilizaciones y en la vida particular del hombre cualesquiera sean sus circunstancias externas, las que naturalmente sufren la influencia de los regentes astrales.
73 Las Utopías Renacentistas, cap. IV. De aquí la existencia necesaria de la cadena de testificación esotérica e iniciática a lo largo de las edades y los ciclos.
74 El propio Gemisto Pletón estaba convencido de que Hermes y Zoroastro eran contemporáneos, y que Pitágoras y Platón bebieron de sus enseñanzas. En esto Pletón continuaba la labor emprendida por Miguel Psellos, bizantino como él, quien siguiendo precisamente a Proclo incluyó dentro de la tradición platónica los Oráculos Caldeos y los escritos herméticos atribuidos a Hermes Trismegisto. Parece ser además que el Corpus Hermeticum y los Oráculos Caldeos son antologías realizadas por el propio Psellos, quien también las comentó. Se asegura que Marsilio Ficino conoció dichos comentarios.
75 Ver René Guénon: “La Tumba de Hermes”, incluido en Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos. Lo podemos encontrar también en SYMBOLOS Nº 17-18, 1999.
76 Hermetismo y Masonería, cap. I. En nota Federico González añade algo a tener en cuenta: “El cristianismo en general, y el catolicismo en particular, jamás ha atacado o censurado el contenido del Corpus Hermeticum; por el contrario, ha sido conocido y utilizado en algunas ocasiones por sus propios teólogos y muchos de sus sacerdotes”.
77 En Las Utopías Federico González nos recuerda también el siguiente fragmento de Las Leyes de Pletón: “Os rogamos que fortalezcáis lo pensante y más divino de vosotros para que os domine y sea el gobernante de todo vuestro ser.”
78 Este es el caso de Pico de la Mirándola con su obra De la Dignidad del Hombre, texto capital para comprender el espíritu del Renacimiento. Como ya dijimos es en este alto concepto del ser humano donde debemos ubicar en verdad el origen del “humanismo”, lo que no impidió que esta idea degenerara con el tiempo para dar lugar al “individualismo”.
79 Deducimos de las palabras de la autora francesa que existe una cierta analogía entre la época alejandrina y la renacentista, y entre ésta y el siglo XIX, donde en efecto se dio también una revivificación de la Tradición Hermética. Nosotros añadiríamos que esa revivificación surge igualmente a comienzos del siglo XX con la aparición de la obra de René Guénon y otros autores análogos, y se continúa hoy en día con la de Federico González.
80 Esa “reorientación” es en realidad la readaptación de que hablábamos anteriormente en relación con los Hermetica.
81 Françoise Bonardel: L’Hermétisme, cap. IV. PUF. París, 1985.
82 En su obra Sobre la Naturaleza de los Dioses, Cicerón menciona a cinco Mercurios aparecidos en diferentes épocas, correspondiendo el último de ellos al Thot egipcio, estrechamente unido al Hermes griego gracias al helenismo, que tuvo en Alejandría su capital desde el siglo III a. C. Estos son los Hermes prototípicos de que nos hablan distintas tradiciones.