VENUS VIVE
(Hypnerotomachia Poliphili)


23. La fuente de Venus

« Y Polifilo prosigue con su visión describiendo la fuente de Venus en el centro del teatro:

“Estando la prudente Polia y yo arrodillados amorosamente ante la fuente misteriosa de la madre divina con la adecuada veneración y gran homenaje, sentía yo que me invadía difusamente una dulzura imperceptible que me estremecía, y no sabía qué hacer. Porque, a causa de la amenidad e increíble delicia del lugar, deleitoso más allá de todo lo imaginable por su adorno de verdor primaveral y por las avecillas que volaban trinando por el aire purísimo y por las frescas frondas, sumamente agradables a los sentidos, y oyendo cantar y tocar a las ninfas amorosas, que producían sonidos con sus extraños instrumentos, y viendo sus gestos sagrados y modestos movimientos, ardía en voluptuosidad extrema y mientras yo examinaba cuidadosamente y con curiosidad la invención de este edificio elegante y noble en su diseño y aspirando ávidamente tan desacostumbrada fragancia, ¡por Júpiter inmortal! No sabía a qué sentido atender, aturdido por el placer excesivo, y me acusaba de necedad. Todas aquellas cosas bellas y dulcísimas me ofrecían un placer tanto más agradable y deseable, cuanto que yo comprendía que la celeste Polia participaba de ellas plácidamente y se deleitaba viendo en este lugar la rareza y excelencia de la admirable fuente. (1)

 

Se hallaba esta en medio de aquel edificio sobrehumano, construida divinamente de este modo. En el centro de la piedra negrísima y monolítica que constituía por sí sola el pavimento del área del teatro, sobresalía un muro de un pie de altura, de gran perfección y con los adornos adecuados: por fuera era heptagonal y por dentro redondo, teniendo alrededor un pequeño pedestal y un zócalo y plintos y molduras según las reglas del arte y, sobrepuestas ordenadamente sobre el punto medio de los ángulos, las bases de siete columnas provistas de éntasis o vientre y torneadas exquisitamente. Dos de ellas correspondían a la entrada, donde nosotros caímos de rodillas.”

Aunque nos sigue contando:

“Aquí, entre la columna de zafiro y la esmeralda, colgaba de unas anillas, atada con lazos, una cortinilla de terciopelo, que era la cosa más bella que jamás pudo producir la fecunda naturaleza como más grata a los dioses; su tejido y materia eran tan hermosos que no sabría yo expresarlo; del color del sándalo, brocada con flores bellísimas y tenía sutilmente bordadas en oro cuatro letras griegas: YMHN (2). Ceda ante ésta con toda justicia la cortina admirable enviada a Delfos por los de Samos. Parecía sumamente grata a mi Polia, pues ocultaba, velándola como un precioso tesoro, la presencia majestuosa y divina de la venerable madre. Y estando los dos, Polia y yo, hincados de rodillas e inclinados, el divino señor Cupido dio la flecha de oro a la ninfa Sinesia y le hizo vivas señas de que se la ofreciera a Polia y de que ésta rompiera la nobilísima cortina con la dicha temible saeta. Pero Polia, doliéndose de la orden de desgarrar y dañarla, aunque estuviera sujeta a la autoridad de aquel dios, parecía indecisa, rehusando asentir. En aquel mismo momento el señor ordenó sonriendo a la ninfa Sinesia que se la diera a la ninfa Philedia para que luego ella me la presentase a mí y yo hiciera la penetración, lo que la dulce y purísima Polia no se atrevía a hacer, ya que yo estaba avidísimo de mirar a la santísima Venus; y, apenas toqué el instrumento divino, inflamado ciegamente, emocionadísimo golpeé la cortina violentamente y, al romperse ésta, vi la mirada triste de Polia y la columna de esmeralda pareció́ ir a fragmentarse completamente en pedazos.”

Y en pleno clímax:

“... he aquí́ que de repente vi mostrarse con claridad brotando de la fuente salada la forma divina de Venus, de cuya venerable majestad emanaba deliciosamente toda belleza; apenas aquella aparición inesperada y divina se mostró ante mis ojos, ambos, excitados por una extrema dulzura e impulsados por aquel nuevo placer tan largamente deseado, permanecimos juntos casi en éxtasis, con sagrada admiración... La divina Venus estaba en pie, desnuda en medio de las aguas transparentes y límpidas, que le cubrían hasta las amplias y divinas caderas y no deformaban la visión de su cuerpo ni lo hacían grueso ni doble ni roto ni corto, sino que se veía completamente íntegro y perfecto como era en sí mismo. Y en el escalón inferior surgía una espuma que olía a almizcle. El cuerpo divino se ofrecía con tanta luz y notable transparencia en su majestad y venerable aspecto como un diamante precioso y resplandeciente brillando a los rayos del sol, compuesto con algo milagroso de una belleza admirable nunca vista ni imaginada entre los humanos.”

Aunque:

“¡Cielos! de repente comencé a sentir que tenía en las vísceras la dulce quemadura de una llama que se difundía exuberantemente y se propagaba como la hidra de Lerna que me poseía y me llenaba el fuego del amor y se me velaban los ojos! Y sin pausa abrió mi pecho ardiente, más tenaz y mordaz que los serpeantes tentáculos del pulpo y que el tifón que sorbe el agua. Y ahí se depositó el precioso amor y la divina efigie de Polia, para no ser nunca borrada, y con sus nobles, castas y dulcísimas condiciones, se introdujeron en el sujeto preparado para el amor, donde permanecieron dominando eternamente. Y aquella imagen celeste, indeleble y preciosa, quedó impresa firmísimamente, en mí, que como paja seca ardí con súbito y violento fuego como la llama de una antorcha encendida, no permaneciendo ni una partícula de cabello en la que no penetrara la amorosa llama. Y me pareció que me metamorfoseaba, con gran vacilación y lamento de la inteligencia al no poder comprenderlo sino por comparación con lo que ocurrió a Hermafrodita y Salmacia cuando se abrazaban en la viva y fresca fuente y vieron que se transformaban en su mutua mezcla en una sola persona. Y me sentí ni más ni menos que como la infeliz Biblis cuando sentía que sus lágrimas la convertían en la fuente de ¡las ninfas náyades! Así, permaneciendo en las dulcísimas llamas más muerto que vivo y casi sin pulso y cuando, en la suprema dulzura, daba libre curso a mi espíritu para que me abandonara, pensando que me había invadido la epilepsia estando de rodillas, la piadosa Diosa, sosteniendo la concha en el hueco de su mano, cerrando los largos dedos, nos roció con pura agua salada. No como la indignada Diana al infortunado cazador al que convirtió en bestia para que le destrozaran los perros, sino todo lo contrario, volviéndome grato y amable a las ninfas…” »

 

El Nacimiento de Venus. Sandro Botticelli, 1484. Galleria degli Uffizi, Florencia.

 

El texto de esta nota está tomado íntegramente del libro: Las Utopías Renacentistas, esoterismo y símbolo, de Federico González (Libros del Innombrable, Zaragoza 2016), quien en su estudio utiliza para las citas del original tanto la edición de Pilar Pedraza (ed. Acantilado) como la de Joscelyn Godwin (Thames & Hudson).

NOTAS

« (1) Fuente de vida de donde surgen las aguas primordiales. »

« (2) Himen = membrana, velo que poseen las vírgenes; himeneo = matrimonio, boda. »


– Imagen de portada: Mosaico del siglo III, Bula Regia, Túnez. Tomada de: http://diccionariodesimbolos.com/venus.htm
- Las imágenes no referenciadas (salvo la coloreada por nosotros) están tomadas de la Biblioteca Digital Hispánica: Hypnerotomachia Poliphili, Venecia 1499.



24. El Túmulo de Adonis

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