Shakespeare, W.: Pericles.
Pericles es quizás una de las obras más desconocidas de W. Shakespeare, hecho que viene motivado seguramente por las dudas acerca de su paternidad. Sea lo que fuere, se trata de una obra totalmente inspirada y transmisora de profundas ideas sobre la verdadera realeza, la cual tiene más que ver con una identificación con los estados superiores del ser que con una mera posesión exterior de poder temporal. A lo largo de toda la trama, Pericles, príncipe de Tiro, está navegando permanentemente, cruzando las aguas del alma, realizando todas las nupcias interiores (simbolizadas por su matrimonio exterior con la reina Thaisa, la muerte y posterior resurección de la misma, el nacimiento de su hija Marina, su desaparición y ulterior reencuentro pasados unos años, el propio abandono del príncipe al suponer que ha perdido a su esposa e hija y la última resurrección del mismo al oír el canto, la música, el Verbo emanado de la voz de Marina) que finalmente lo conducirán a la audición de la música de las esferas, al conocimiento de la armonía universal, es decir, a una identificación plena con su verdadero yo, su esencia supraindividual, el Sí Mismo totalmente libre e incondicionado. Es pues una historia ejemplar, un recorrido simbólico y real por el mundo del alma que acaba fusionándose con el Espíritu único. Una obra para el puro goce intelectual. 

Shakespeare, W.: La Tempestad.
La obra arranca con una fuertísima tempestad desencadenada por las artes de Próspero, Duque legítimo de Milán, al cual su hermano le usurpó el poder y lo expulsó del ducado a bordo de una nave que naufragó en una isla desierta, en la cual, y con la única compañía de su hija Miranda y sus libros sobre todas las Artes Liberales, se aplica al estudio y conocimiento de la Cosmogonía y, llegado el momento oportuno, se decide a restituir el Orden que su hermano rompiera. Próspero es el prototipo del sabio, del estudioso de las Ciencias Tradicionales, que aúna en su seno al Mago (productor de la Magia) y al Hierofante ( productor de las Teofanías), y actúa simplemente como un transmisor y guardián de la Tradición, como un intermediario entre el orden de la Tierra y el del Cielo, ayudado en su labor por seres invisibles (Ariel), intermediarios entre los dioses y los hombres. En esa pequeña isla o microcosmos, se reúne todo lo esencial para la obra alquímica de transmutación. Y desde el caos, el desorden, la locura, la pérdida en el laberinto del alma, el encantamiento, el ensueño y el soporte de las artes liberales y las ciencias tradicionales, cada cosa y cada ser retornará a su lugar conformándose a la Armonía del Mundo, y completando así una Obra perfecta y bella.

Mireia Valls

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